Las flores se han secado, los claveles rojos y blancos que mandé comprar con mi hermana al mercado hace una semana, aún se hunden sus raíces en el agua que contiene el frasco alto de cristal que les improvisé como florero; y aún siguen en pie fingiendo que no se han secado, mirando en lo alto a la Virgen de Guadalupe que no sé por qué conserva mi madre desde hace años, cuando nunca ha sido del todo creyente. También se secaron las rosas pero los claveles secos son los únicos que siguen en la cocina a manera de ofrenda. Los pedí pensando en Otilia. Afuera está lloviendo. Llegué temprano a casa, mi madre no fue a trabajar, la encontré de espaldas, frente a la máquina de coser, cosiendo o ajustando un pantalón blanco, los perros estaban a su lado, me sonrieron moviendo alegres la cola. Mis hermanos me han contado que fueron a comer a La casa de Toño, me hubiera gustado comer con ellos, hace tiempo que no; me cambié y me decidí a escribir, los jeans por un viejo y holgado vestido negro. He bajado a la cocina para preparar un café, mi estómago está resentido, los borregos me ven y balan de hambre, les sirvo un poco de alimento pero parece que no es suficiente, y vuelven a balar, subo, me pongo las botas, tomo la escoba y barro la mierda del chiquero, la lluvia tiene sus desventajas; mientras barro, pienso. El agua para el café está en la lumbre. La tarea no cesa. Tardo, saco del costal la hierba sobre la superficie más seca, los borregos hambrientos se le echan encima, comen. Entro a la casa, me limpio las botas, me lavo las manos. Apago la lumbre y preparo mi café. Subo a mi cuarto, escribo y desde mi ventana veo cómo cesa la lluvia y el sol sobre los vagones de ferrocarril, mágicamente, comienza a resplandecer.
Pájaros a punto de volar
"[...]ardiente, impaciente, cautiva sólo de sí misma, ella era un pájaro a punto de volar" (Patricia Highsmith)
martes, 19 de abril de 2011
sábado, 16 de abril de 2011
De la resignación
A R.
Aquel que ha perdido todo, tiene que resignarse. Hay, entonces, ante la pérdida de lo que una vez creímos nuestro, una especie de sumisión que aspira a la cura del espíritu enfermo de desesperación, angustia, dolor; a encontrar en la resignación un consuelo que nos permita seguir viviendo. Hay que renunciar, hay que entregarse a la voluntad del otro, el dios, el tiempo, la vida, la muerte..., el destino, o aquello que nosotros mismos construimos; no como una muestra de debilidad sino de buena conciencia acerca de lo que le está vedado, por ley, a la nuestra, y en la medida que ésta nos quede, la voluntad, elegir renunciar con el deseo y el recuerdo a aquello que no nos pertenece más sino a través de ellos. Asumirnos como aquel ser sin ser aún, desprovisto y desnudo, que vino al mundo gimiendo, y que así, desprovisto y desnudo, habrá de irse de él, también, gimiendo. Hay que resignarnos, irnos desamando, desnudando, quedando solos; hay que prepararnos para estar el uno sin el otro, sin dios, sin tiempo, sin vida; hay, pues, amado mío, que prepararnos para la muerte que se anuncia, tú lo sabes, con cada pérdida, con cada partida.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)