El verano ha dejado de ser la fiesta que se auguraba en los viejos tiempos, aquellos en los que el idilio estudiantil interrumpía su ritmo para entregarnos a los brazos del ocio y la dejadez. El verano se ha anunciado este año como una sombra de lluvia, un encharcamiento del alma. Mis amigos ya no hablan de vacaciones, hablan de sus preocupaciones que crecen a diario, la juventud se nos escapa, desesperamos. Pienso en los viejos tiempos. Y no queda nada de ellos. Un deseo, apenas. Los días transcurren en el trabajo. El trabajo se automatiza. El romance no importa. Este verano, si algo importa es sobrevivir.